El libro

Andaba el verano pasado en La Barrosa meditando sobre una pequeña novela, acaso solo un cuento, que pretendía situar en determinados ámbitos de Chiclana ya un poco en desuso, prendido siempre en mi preocupación de que no se olviden del todo nuestras costumbres, nuestra vida y nuestra historia. Me propuse recoger palabras genuinas de Chiclana o aquellas a las que Chiclana ha otorgado su impronta y que pudieran servirme para ilustrar las expresiones de los protagonistas.

Instalado en esta tarea, que continué ya durante todo el otoño del 2000, me llamó a su término mi primo Ernesto Marín, integrante de la Comisión quo organiza los eventos a celebrar con ocasión de una efeméride que pronto conmemoraremos los chiclaneros. Me insinuó la posibilidad de escribir un libro sobre Chiclana que viniera a integrarse en los que, sin duda más meritorios, pretende nuestro Ayuntamiento sacar a la luz. Le contesté literalmente que escribir un libro no es tomar un “café bebió”, y que el dictado de las sentencias me privaba del imprescindible sosiego para gestar y parir mi novelita en un plazo razonablemente corto.

Pero le sugerí la posibilidad de publicar esta lista de palabras que estuve recopilando durante meses y que, de alguna forma, contribuiría a dejar constancia de parte de la historia de Chiclana. Sin pretenderlo – ahora me doy cuenta- esta publicación viene a complementar en cierta manera aquel libro que escribí hace algunos años con el título de “Chiclana en la memoria”, y que pretendía ofrecer una visión de cómo era nuestro pueblo en los años cincuenta, cuando transitaba por mi lejana niñez. En efecto, observarán incluso que la glosa de algunas de las palabras que incluyo en este modesto trabajo la formulo a veces en pretérito, pues de forma inconsciente se me hace presente e1 léxico de aquel tiempo, inolvidable cuanto más lejano.

Poco a poco muchas de estas palabras han ido declinando en el uso cotidiano, abandonadas por la frenética y arrolladora secuencia de los años. Este milenio que estrenamos se nos presenta con unas credenciales inapelables, situándonos ante un tiempo que pretende ser revolucionario, apocalíptico casi, que parece querer apabullarnos incluso con su inescrutable terminología, a la que es imposible sustraerse. En efecto, casi todo el mundo conoce el significado de vocablos que hasta hace poco nos parecían inabarcables: DVD, fashion, heavy, punto com, digitalidad, globalización… Y todos entendemos qué quiere transmitirnos cada una de estas enigmáticas apuestas virtuales.

Pero acaso, como este último adjetivo sugiere, esta capacidad de estar sin estar no debe ser bastante para negarnos a la sugestión de nuestra vieja cultura, compatible desde luego con esta nueva realidad, que nace siempre anticuada y muere en plena juventud, sustituida por otra nueva que la arrasa inmisericorde. Y sin embargo, necesitamos siempre acariciar los fieles recuerdos, recalar en su regazo misterioso y nostálgico, porque sin el pasado no puede serenamente construirse el futuro.

Acogió Ernesto con entusiasmo la idea y también, al parecer, la Comisión. Así que, gracias a la generosidad de todos, este librito ve la luz en los balbuceos, a lo que parece, de este tiempo nuevo y enigmático. Hoy Chiclana es una ingente ciudad que vive esencialmente de lo que se ha dado en denominar servicios y cada vez menos de aquello que la impulsó y la comenzó a situar en los puestos de cabeza de la provincia que ahora ocupa. Cuando yo la viví en plenitud, la viña y la bodega y, en menor grado, la salina y la pesca eran los pilares económicos y los referentes sociológicos de la población. Con una riqueza mal distribuida, desde luego, pero que fue superándose sin desmayo. Al principio con natural lentitud, y más tarde vertiginosamente, hasta convertirse en un pueblo donde las diferencias sociales carecen de significación, donde un empleado sabe vivir mejor que un señorito y, sobre todo, donde cada uno va a lo suyo, aunque naturalmente conserva sus pobres, sus tontos y listos oficiales y sus fantasmas de todo tipo.

En la Chiclana actual convive la virtud con el delito, la candidez con la estafa, la bondad con la impostura, la preocupación cultural con la obtención del dinero fácil sin una extremada sensación de incompatibilidad. Así ha sido siempre la vida, una febril mezcolanza de conductas y valores encontrados y así se ha ido configurando una nueva sociedad trepidante, pretendidamente moderna, que nos quiere hacer creer que es mejor porque consume más, siendo así que solo es mejor porque los estigmas negativos de otro tiempo han ido dulcificándose paulatina y naturalmente.

Se hace preciso que aclare de inmediato una serie de premisas imprescindibles para asomarse a esta retahíla de palabras. Porque en modo alguno he pretendido hacer un diccionario de Chiclana. Me falta para ello legitimación; soy solo un aprendiz de las letras y sería una imperdonable petulancia pretender un trabajo de investigación lingüística, antropológica o dialectológica. Lo que he me he propuesto realizar se reduce sencillamente a recordar palabras, frases, situaciones, poner el oído derecho, pues por el otro no oigo nada, por todas partes y, a la postre, ordenar más o menos alfabéticamente cuantos giros y términos he sido capaz de recopilar. Luego les he añadido los comentarios que se me han ido ocurriendo, de ahí que se aleje de toda idea seria de diccionario.

De sobra sé que se me habrán olvidado muchos, circunstancia que usted, amable lector, advertirá de inmediato; hasta el último momento he estado añadiendo o suprimiendo términos y giros. Por eso he rogado al editor incluya al final unas hojas en blanco para que pueda añadir cuantos tenga usted por conveniente.

La palabra es expresión de la personalidad y cuando hablamos de localismos, importa la ubicación geográfica, el entorno humano, cultural y temporal en que ese léxico se va configurando. Bien sé también que la mayoría de estas palabras que recojo se utilizan en otros lugares, pero acaso en Chiclana se usen de manera singular. Es por ello preciso que se imaginen las situaciones y que lean los ejemplos con la musicalidad y la cadencia con que en Chiclana utilizamos el lenguaje. No es a veces tan importante lo que se dice sino cómo se dice y ante qué circunstancias. Lo que sí debe tenerse muy claro es que la semántica es una asignatura aprobada por todos los chiclaneros y que la mayoría de las palabras de nuestra jerga tienen un significado preciso o inequívoco. Los chiclaneros tienen la fantástica virtud de reducir toda una prolija explicación a una frase precisa y terminante, superando así aquella inquietud que parecía abrigar Juan Ramón -es claro que solo lo parecía-, cuándo escribía:
“No sé con qué decirlo
porque aún no está hecha
mi palabra. “

Esa habilidad andaluza para expresar con frases cortas grandes pensamientos requiere de una larga andadura, de surcar no pocos siglos de historia y dejarse conquistar sabia y apasionadamente por las más variadas influencias. Se configura así una lengua propia que, expuesta en su pureza de otro tiempo, acaso se antoje para otros tan ininteligible como nos resultan hoy las de otras tierras otrora fervientemente españolas.

Centrándonos en nuestro pueblo, la grandeza de su lenguaje no se entendería sin reparar en la precisa articulación musical de los sonidos, en la inimitable gracia de la concisión terminológica, donde, por ejemplo, la precisión conceptual del caló se ensambla de forma fungible con los equívocos términos de la germanía, precisamente por esa mezcolanza cultural a que me he referido. En Chiclana puede observarse la utilización de un mismo diminutivo, unas veces lleno de ternura y otras dotado de una carga resueltamente peyorativa. Y ello a través de una finísima ironía, de un afán por relativizar lo trágico y trascendente, por adornar con una indisimulada alegría las más sobrias descripciones.

Todas las licencias del lenguaje nos resultan válidas. A veces introducimos una consonante indebidamente dentro de una palabra (“trompezón”), o añadimos una letra al comienzo de la misma (“afoto”) o la suprimimos (“nagua”), en virtud de lo que los doctos llaman epéntesis, prótesis o aféresis, respectivamente. Pero todo tiene una razón de ser básicamente musical, funcional, expresiva, que nos permite, por ejemplo, masculinizar un femenino o realizar exactamente lo contrario, conforme importe finalísticamente a cuanto se quiere expresar. A diferencia de lo que ocurre en la capital de la provincia, en muchos de los pueblos gaditanos impera un ceceo indisimulable. En Chiclana aspiramos la s al final de las palabras plurales de forma muy llamativa e irrenunciable. En los ejemplos que acompaño a las palabras, he sustituido las eses finales por una h seguida de acento. No he encontrado otra forma más tranquilizadora de expresarlo (Ej.: “Buenoh’díah”). Y he sustituido resueltamente la s que acompaña a las vocales por una z para así reforzar el ceceo, que no es tan duro en realidad las más de las veces (Ej.: “Zeñorita’”). No abjuramos del yeísmo, tan andaluz, y nos tragamos sin disimulo la j, a la que privamos de dureza aspirándola, y la d, que ocultamos caprichosa o pudorosamente cuando nos parece demasiado finolis. Debo confesar que he exagerado deliberadamente el ceceo, utilizando a menudo en demasía expresiones en relativo desuso. Entiéndanlo, por favor, en sus justos términos. En realidad no hablamos así los chiclaneros; el énfasis, manejado aquí como instrumento, debe atemperarse en el análisis final de la lectura.

Sin embargo, debe advertirse que se encontrarán con palabras que pueden indebidamente entenderse como propias de una población inculta, pero que en realidad responden más a una manera de ser de gente que ha ido atesorando una cultura secular, a través de un lenguaje que moldea a su antojo, pero perfectamente consciente de su utilización teleológica. A fin de cuentas, decía Shakespeare que “palabra sin defecto nunca llegará a oídos de Dios“. Y sin embargo, resulta de todo ello una armoniosa melodía como forma de expresión, con utilización de frases cortas, precisas, llenas de intención y asimismo cinceladas las palabras, situadas en el discurso para dotarlas de fantástica sonoridad. Los chiclaneros parecen tener muy en cuenta el pensamiento de Voltaire, de que “una palabra mal colocada estropea el más bello sentimiento“. Por ello utilizamos tanto la hipérbole en nuestro lenguaje, aumentando o disminuyendo aquello de que se habla, según convenga a los fines expuestos.

Y es lo cierto que muchas de estas palabras nuestras se siguen utilizando hoy, y manteniéndose su sentido originario. Más o menos. Por ello, si alguna pretensión alberga este trabajo estriba en la invitación a un serio esfuerzo para conservar algo, testimonialmente al menos, de esta bellísima forma de expresión, ahora que tanto se abusa de un lenguaje carente de belleza, repetitivo, incoherente y universalizado en su insolente pobreza. Advierto, sin embargo, que un deber de fidelidad me obliga a incluir palabras que pueden parecer malsonantes y que sin duda lo son, pero que he oído y hasta incluso utilizado de forma nada ejemplar. Procuro edulcorar su inclusión tratándolas con sentido del humor, como la mayoría de los términos que les ofrezco. Lo hago así deliberadamente para hacer más llevadera su lectura, en la seguridad de que valorarán su dimensión en su estricta medida, pues muchas de estas palabras entrañan desesperación, insuficiencia, incultura a veces que, de exponer en su plena magnitud, ensombrecería mi propósito.

Después de la recopilación de estas palabras, he acudido frecuentemente al Diccionario de la Real Academia Española, para contrastar sus significados. Pero también me he ilustrado con otros trabajos admirables, ante los que deseo proclamar mi gratitud. He conocido a algunos de estos brillantes investigadores y he leído con delectación a todos. Así, sobre todos, los trabajos de Don Pedro Payán Sotomayor y Doña Paz Martín Ferrero han contribuido a ilustrarme sobre cómo en Cádiz y en las diversas zonas de su provincia se hace un uso igualmente singular de nuestro lenguaje.

Ya han podido concluir por lo expuesto que este librito carece en absoluto de pretensiones de tipo alguno. Entiéndanlo como un “divertimiento” personal de quien lo escribe y así serán conmigo más indulgentes. Confieso que he disfrutado sumamente redactando sus páginas en los días tormentosos de la pasada Navidad.

Aclaro por último que soy apasionado e irremisible chauvinista, cada vez más, y desde ya pido perdón a quien con toda justicia lo desapruebe. Mas en modo alguno estoy dispuesto a renunciar un ápice de mis señas de identidad. Cada vez más, pretendo vivir en libertad y, cada vez más, desprendido de dogmas y verdades absolutas. He transitado en mi vida muchos caminos, impuestos por esa vivificante trashumancia a que nos someten a los jueces. Confieso que he conocido muchas tierras y que algunas han dejado en mí huellas imborrables, como mi amada isla grancanaria. Pero mi universo ideal lo estableció hace algún tiempo aquel singular poeta que fue Fernando Villalón, seguido por mi entrañable amigo Antonio Murciano. Según ellos, ya me lo habrán leído alguna vez, “el universo se divide en dos, Sevilla y Cádiz” y nadie soy yo para llevarles la contraria.

Vivo en Sevilla, donde pretendo la utopía fascinante de administrar Justicia. Sevilla es una ciudad singular ciertamente. Misteriosa, dulce, provinciana, tiene las medidas justas para que no se te escape demasiado de las manos y esa belleza luminosa e indeleble que te invita a contemplarla sin desmayo. No en vano fue alguna vez capital del mundo civilizado, conservando por ello la grandeza, el empaque y la finura que la hacen única.

Sin embargo, la otra columna irrenunciable de mi existencia es Chiclana, complemento en mi espíritu de aquélla. Necesito vitalmente sentir la plenitud del horizonte de su playa, nutrir mi alma del ritmo acompasado de sus olas, de su espuma blanca, de sus mañanas radiantes y sus atardeceres decadentes. La luz de Sevilla me envuelve, la de Chiclana me ciega embriagadora. Ambas me son precisas. Soy chiclanero apasionado y sevillano devocional; pero mis señas, mis raíces, mi vocación postrera están allí donde el Atlántico acaricia una playa de belleza única.

En fin, les dejo con estas apresuradas páginas, en la confianza de que no las desaprueben demasiado. No son más que un modesto trabajo de un chiclanero dirigido de forma fundamental a los chiclaneros. A aquellos, sobre todo, que fueron dando sentido a un lenguaje secular, que creo constituye e1 insustituible elemento de nuestro patrimonio cultural, que debe orgullosamente prevalecer en nuestra memoria con la pasión que a la palabra otorgaba Don Antonio Machado cuando escribía:
 

“Ni mármol duro y eterno ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo”.

 

Sevilla, en el tránsito de dos siglos;

Antonio Moreno Andrade

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7 responses

27 10 2007
jesii@
17 12 2007
Parcerito

¡Qué interesante iniciativa! Mucha suerte

17 12 2007
chiclanero

Hola Parcerito.
Muchas gracias por los ánimos, la verdad es que la mayoría de las veces no encuentras respuestas a las iniciativas, pero a quien en realidad deberías felicitar sería al gran Antonio Moreno Andrade, que recopiló todo estas palabras y vocablos en su libro.
Gracias, Parcerito, por pasarte por nuestro humilde Bujío.

29 06 2010
parcerito

todos sinonimos de l palabra parceo a

25 06 2012
L.D.L.

Mi abuela era Chiclanera, y hoy buscado cosas de su pueblo me he encontrado con este magnífico diccionario, por lo cual sencillamente diré :graciasd.

15 07 2012
A. Moreno Andrade

Comentario del Autor: En los créditos del libro aperce Don Pedro Quiñones como coordinador. Debo aclarar que no existe coordinador alguno, que yo sepa, al menos.

13 08 2012
chiclanero

Hola Antonio,
Gracias por tu mail. Está puesto porque en el libro de papel venía así. Si tu quieres, lo quitamos!

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