La dedicatoria

A Antonio Martinez,
Chicharito,
barbero a ratos,
genial artista siempre.

Su vida libertaria quedo aqui,
conmigo,
acunada su alegria en mi corazon,
acompañandome dia tras dia
su generoso cariño inmarchitable.

Habrán sin duda reparado en la dedicatoria de este libro. Y algunos de los jóvenes lectores quizá desconozcan al personaje a quien he querido homenajear con él.

Hasta hace poco tiempo, la Papelería Navarro formaba parte de un noble y vetusto edificio en cuyas paredes, las muchas manos de cal recibidas no pudieron del todo impedir que se observaran algunos trozos de piedra ostionera, tan gaditana, que en otro tiempo otorgaría prestancia a su armadura arquitectónica. Entre la Papelería y la Confitería La Predilecta, formando parte del inmueble de aquélla, una pequeña “accesoria” que no llegaba a diez metros cuadrados daba cobijo a una humilde barbería.

Un sillón que conoció la República, cuatro escuálidas e inestables sillas y dos viejos espejos constituían todo el mobiliario que albergaba, junto a un lavabo sin agua corriente, que se situaba sobre un cubo de desagüe y junto a un jarro de latón, que en tiempos fue blanco, color del que últimamente quedaba tan solo lo que los desconchones se habían dignado respetar.

Bueno, había también en un rincón una esbelta sillita, que alguna vez sirviera para “arregla’ a algún niño, en la que descansaban los blancos paños con que cubrir a los clientes, que disimulaban la verdadera vocación que el sillero otrora le otorgara-, porque al maestro, la verdad es que no le gustaba pelar niños, hasta el punto que cuando veía acercarse una madre con algunos, se sentaba en una silla y saludaba, como si fuera un cliente desesperado, diciendo: “Hay que ve la poquízima vergüenza que tiene el barbero eh‘te. Dijo que iba a un mandan y lleva máh’de una hora… i ztará bebiendo …!“, tras lo que madre e hijos huían despavoridos, a las vecinas barberías del “Cele” o de Víctor.

Toda la documentación del negocio, la prensa almacenada de semanas, recortes de rancias crónicas taurinas, frutas del tiempo diversas y pasteles más o menos del día se almacenaban en los huecos que los espejos dejaban en su inclinación sobre las paredes, de suerte que era imposible guardar más cosas en menos espacio y tenerlas tan ordenadas y ocultas.
Bueno, pues el barbero que aquel singular negocio atendía era Don Antonio Martínez Martínez, conocido en Chiclana como “Chicharito’, bailaor purísimo, devoto del toreo de Curro y Rafael y del cante de Manolo Caracol, de Camarón de la Isla, que desde su infancia frecuentó la barbería, y de nuestro querido Rancapino, sobre todos los demás. Las paredes de la barbería, que de tanto empapelarlas parecían más bien una funda de los tabiques, y que amenazaban con toda seriedad con derrumbarse de manera inminente por la tangible humedad, servían de expositor de decenas de fotografías de estos artistas, amén de otros que la generosidad del maestro permitía, entre los que un servidor se hallaba.

Vivía el maestro en la misma finca, primero con su madre y luego, cuando ésta falleció en la década de los setenta, con Juanelo su hermano. En realidad, disponían en la tercera altísima planta de una minúscula cocinita, un breve “excusado” una habitación grande donde ambos dormían. Su salita de estar era la barbería, por donde todo Chiclana pasaba y para ver la tele, el bar del “Chícharo”, donde desayunaba, merendaba y echaba un montón de horas, intercambiando bromas con los propietarios y clientes.

Iba a la plaza tempranito y compraba indefectiblemente algo de pescado (“totá, pa Juan y pa mí… y mi hermano la mitá loh’díah’ no viene…“); miembro de una familia de pescadores, ni un solo día podía su dieta prescindir de unos jureles frescos, unas zapatillas de estero o “un cazón que tiene mi primo Curro, buenízimo“. Luego se acercaba a la frutería de Manolo Arteche, el “Viejo”, donde adquiría un par de pimientos como mucho y mientras le despachaban, tomaba por su cuenta los tomates, patatas y plátanos que creía iba a necesitar y hasta un melón a veces, que guardaba con velocidad vertiginosa entre sus ropas. Era, desde luego, un hurto consentido. Manolo sabía que le “choraba” diariamente algo de fruta, como Fernando “Cagarrín” sabía que, si podía, se quedaría irremisiblemente, con estudiado aire de “lilea”, con la propina que algún cliente dejara en el mostrador del bar, por muy atento que lo acechara el otro Fernando, “Laberinto”, que siempre quedaba frustrado y presa de evidente “berrenchín”.

Durante mucho tiempo, a la vista, ciencia y paciencia de todo el mundo, firmó, en disparatada calidad de empresario agrícola, multitud de peonadas a personas de Barbate, Conil y Vejer, clientes ocasionales de la barbería, a cambio de unas copas de ginebra, de las que daba cuenta en la “Peña Rafael Ortega”, donde ni había peña ni por allí apareció casi nunca tan renombrado torero. Sin duda, si se hubiera engullido todas las correspondientes a las peonadas falsamente acreditadas, que fueron muchas, hubiera vivido en permanente borrachera, mas no era así. “Conchavado’ con el dependiente, le ponía agua en la copa-, Antonio la bebía “de un tirón” y hacía mil morisquetas acreditativas del impacto de la ginebra, partiendo luego con el dependiente 1as ganancias de su generosa disposición.

Me acompañó una vez a unos grandes almacenes en El Puerto, en el tiempo en que ejercí como juez en esa maravillosa ciudad. Cuando nos aproximábamos a la salida, comenté que en las cajas existía un dispositivo que “pitaba” cuando alguien llevaba algún artículo entre las ropas. De inmediato, salieron de sus bolsillos latas de atún, morrones, leche condensada y hasta un trozo de pestilente bacalao, mientras protestaba musitando: “A ti, ¿cómo te van a  decí a ti aquí na…?“. En castigo, llevé el coche a continuación a un tunel de lavado, diabólico artilugio que él desconocía. Fue tal el terror que sintió cuando vio aproximarse los cepillos amenazantes con el jabón, que cerró los ojos y no los abrió hasta llegar al “control”; me refiero al control de la Guardia Civil Tres Caminos, no crean.

Con estas pinceladas creo ir trazando una parte, la más intrascendente y simpática, del semblante de este personaje singular. Era simpático por encima de todo, pues ya entenderán que estas pequeñas pillerías carecen de significación en un alma tan grande como la de Antonio. Les cuento otra anécdota: tomaba su copita también en un bar que había en la calle de la Plaza, el “Bar Palillo”. Todos los días se llevaba distraídamente un vaso y cuando reunía de una cantidad considerable se los vendía al dueño (“…más barato que lo que te lleva el viajante”). Esta circunstancia era, desde luego, conocida por aquél, que la toleraba divertido.

Yo llegué a la calle La Vega con cinco o seis años y desde entonces viví en la cercanía de Antonio, que enseguida se unió a mi otro “preceptor”, Felix Marín “Caúre”, que luego acabó siendo hamletiano enterrador, sin que aquello afectara en absoluto a nuestra vida compartida, pues iba a verlo, confieso que aterrorizado, todos los días al viejo cementerio. Félix me contagió su pasión obsesiva por el trabajo y por el fútbol. Antonio me inició por los caminos del cante flamenco y los toreros artistas y, como aquél, nunca dejó de enseñarme su filosofía de vida tan elemental como sabia. Recuerdo, siendo juez, que me dijo una noche en Sancti Petri, en casa de “Paco la Finca”- “¿Como pue tu zabé cuándo un hombre eh’ bueno o eh’ malo de verdad?‘, una de sus muchas reflexiones que nunca me han abandonado.

Nuestra relación -yo un mocoso, él veinte años mayor- se fue trocando en amistad y luego en un inquebrantable lazo familiar. La barbería fue mi “paradero” y durante las oposiciones, todos los días, sin faltar uno, me esperó a las seis de la tarde junto al refino de Conchita, para en mi media hora de descanso, irnos al bar del “Chícharo” a tomar café y estar juntos, charlar de toros y despejarme un rato, obligación que él adoptó religiosamente como sin darle importancia, consciente sin duda de lo que para mí significaba. Él y también Félix, con el que nunca acabó de llevarse bien, fueron insustituibles compañeros de aquel tiempo inolvidable. A estas reuniones solían unirse a veces contertulios insignes como Ramón “El Cerillo”, Santiago el “de loh, zapatoh”, Willy el “Bizco de la Pilila”, “Rancapino”, Lolo “el de la Taruga” o Pepe Cabello, incluso, a veces, su magnífico amigo Carlos Collantes, registrador de la propiedad para variar el elenco artístico, entre otros personajes entrañables de nuestra vida y que andaban siempre cercanos a Antonio.

Porque Antonio era, por encima de todo, un hombre dado a los demás. La barbería era el lugar donde todo el mundo dejaba “la eh ‘puerta” de la plaza, mientras iba a hacer un “mandao'”, donde se citaban los más variopintos personajes, donde se depositaban objetos para ser recogidos por otra persona y, sobre todo, atalaya desde la que se dominaba la calle La Vega y esa cruz mágica que forma con la calle Corredera, centro neurálgico del pueblo, escoltado por las tiendas de “Jisol” y “Gome loh’ pobre” y los refinos de Conchita y “Canito”, bajo la observación vespertina de mi padre, que compaginaba su “solitaria”, siempre inacabada, con el control permanente del descrito escenario.

En la barbería, que luego a veces convertía en una especie de “accesoria” donde me esperarían siempre, previamente ordenados por el maestro, los que querían hablar conmigo “de un azuntillo que tengo ahí…”, Antonio informaba a quien lo demandara sobre qué hora era buena “pa coge a Carloh’ Bertón en el banco“, o en qué sitio vendía hoy su querido amigo José “el Cuchara”o si Don Blas habría vuelto ya “der zeguro”, que siempre ala hora que e … tiene que eh’tá ar cae“.

Como un vigía insustituible, como imprescindible elemento del paisaje de la calle, Antonio, sentado de lado en su silla, las tardes de verano sobre la acera, repasando una y otra vez el Diario de Cádiz de ayer que le acercaba puntualmente Don Primitivo o comentando con mi entrañable Antonio Panes cuanto por allí pasaba. Por cierto -se me olvidaba- tenía el encargo de Antonio Serrano de encender todas las tardes la lámpara que iluminaba el cartel anunciador del Cine Moderno, colocado en su exigua fachada. A cambio, le pagaban el recibo de la luz de la barbería, que casi siempre estaba averiada y le cedían dos entradas para cualquier sesión, a la que alguna vez fui invitado. Cuando se “chispaba” olvidaba su obligación y resultaba sumamente difícil contemplar los afiches de la película que proyectaban, si la consulta se hacia ya en horas del crepúsculo.

La luz, además, se iba a cada momento, es verdad, yo creo que por la humedad que allí se proclamaba. Un atardecer de invierno no pudo evitar quo entrara un teniente de la Guardia Civil de gran estatura que, pese a lo buena persona que todo el mundo convenía que era el hombre, no acababa de convencer a Antonio por aquello del uniforme, pienso yo. Lo bañó con la brocha, como acostumbraba con los buenos clientes, con mimo y hasta la saciedad. Puso delicadamente un trocito de “Diario” sobre el hombro del aguerrido cliente y cuando blandía la navaja recién afilada con aire torero… se fue la luz. En la penumbra, solo cuando el luminoso de la confitería se encendía en su pausada intermitencia, podía atisbarse una mancha blanquísima, cual montaña de sal, la barba enjabonada del paciente oficial. Salió aterrado, suplicó al “Cerillo” que fuera corriendo a la “fábrica de la luz”, a fin de que pusieran término a aquella tragedia, que era aún mayor si se considera que en el resto de la calle sí había luz. Él permanecía fuera, en la acera, apoyado nerviosamente en la pared y contando angustiado a todo el que pasaba la situación que atravesaba (” … como pa no arregla la lú… con er que tengo ahí zentao…“). Llegó el “Triqui” con la escalera y “Pitillito” detrás. Tras concienzudo análisis, concluyó: “Ezto eh “de la cometía”. “Y ezo qué quiere decí, Triqui?”, imploró el pobre Antonio. El “Triqui” se tomó un rato pensando, mirando al suelo: … Po hoy eh’viemeh’ … azí que hahta el luneh’ cuando güerva a mete mano, no ze pué arregla porque hay que trae plomilloh’ nuevoh’y me he queao zin materia…!. Sonó aquello como una sentencia de muerte; Antonio enmudeció, huimos los muchos acompañantes y nunca supe cómo pudo resolver la papeleta de limpiar aquella costra endurecida en que se había convertido el jabón en la cara de la autoridad que, naturalmente, nunca más apareció por la barbería.

Con mi madre, ha sido la persona que más ha influido en un aspado básico de mi educación, el respeto a la libertad de los demás. Nunca le vi enfadarse seriamente con nadie, nunca negar una ayuda. Nunca lo vi con un duro, pero tampoco con un débito. Nunca firmó una letra ni un cheque. Vivía en la más plena libertad -de verdad, era la libertad- gastaba sin excesos lo poco que tenía y alegraba la vida de quienes tuvimos cerca. Y sobre todo, respetaba a todo el mundo. Admitido por la comunidad gitana como uno más, tenía amigos en todas las esquinas, participaba de todas las juergas y nunca negó a nadie su compaña para ir a la Venta el “Canario”, donde se curaba Joselito Monge o a Barbate a tomar una copa “y las que hicieran falta”. Solía decir en feria que él sabía a qué hora pasaba el puente Chico “pallá“, pero nunca a qué hora volvería “pacá“.

Era cierto, nada le gustaba más que le sorprendieran las luces del alba oyendo cantar al “Ranca” o al “Cuchara”, recitando a Joaquín Ballesteros o contando chistes a Pepe Ávila o Lolo Colchón. Cuando volvía, fuera la hora que fuera, antes de subir a su casa pasaba por la barbería, nunca supe a qué. Por cierto que un día, ya en las primeras horas del mañana incipiente, al abrir la barbería se le coló un ‘Viajante”. No fue capaz de “espacharlo“; no estaban las cosas como para desaprovechar un cliente. Pero no podía con su alma y en ese estado casi místico, alegre y abatido, en que las luces de la mañana nos sumergen tras una noche de juerga, se dispuso a afeitarlo. Le colocó el blanco paño como pudo y comenzó a “bañarlo” lentamente con la brocha. Ambos se quedaron traspuestos; sobre todo el “viajante”, que con el agua calentita y la incansable caricia de la brocha se abandonó a un sueño irresistible, dulce y pleno. De pronto dio un “respingo”, como si se hubiera acordado de algo urgente: “el bigote ni tocarlo“, dijo imperativo. Tenía en efecto lo que entonces se llamaba un “bigotito mosca”, apenas una línea, ciertamente ridícula y cursi, al estilo de los vocalistas entonces de moda. Pero ya era tarde-, exactamente la mitad del bigote había desaparecido del primer golpe certero, cuando llegó el aviso extemporáneo. Se levantó de un salto. Hizo mil aspavientos ante el espejo; parecía un fantasma blandiendo el paño blanco, consiguiendo abolir por entero el sueño del artista. Pero aquello no tenía ya remedio y el desaguisado acabó con la inmolación de la otra mitad. No hubo propina y Antonio fue a acostarse apesadumbrado (” …dehpuéh’que le hecho er favó … cómo za puehto er tío por una pamplina, con la mierda bigote que tenía“).

Como la calle La Vega, como la vieja casa, fue envejeciendo, “poniéndose’ como los atardeceres que cada vez llegaban antes. Su itinerario se redujo del “Chicharo” a la tienda de Manolo Soto, que le preparaba tapitas de queso, cada vez más blando y troceado (“eh’que apena ze mantoja na…“) Comenzó la próstata a dar la lata poco a poco, “bajeando” como un levante asesino y el PSA a ser cada vez más protagonista en la analítica. La metástasis, el dolor inhabilitante… Comenzó a frecuentar los hospitales. Por cierto que en anterior estancia hospitalaria en el de Puerto Real a consecuencia de una caída, hubieron de darle el alta a los pocos días de manera fulminante. Lo sorprendieron por los pasillos, con el pijama celeste y el gotero a rastras, bailando mientras el “Ranca” le cantaba por fiestas.

Fue muriéndose en pie, poco a poco, como su vieja casa que acabó vendiendo el dueño para construir el horrible edificio que hoy existe. Le dieron un vitalicio y un pisito en la calle San Isidro, allí arriba, entre “Laja” y “Sin salida” pero se negó en redondo a abandonar la barbería y sus habitaciones del viejo caserón (“Eh’que la cama eh’mu baja y no macoh’tumbro‘). No era verdad; se aferraba a su vida sorbo a sorbo, se aferraba desesperadamente a su señoria sobre la médula del pueblo y cuanto más impedido se sentía, más necesitaba la cercanía de la “Papelería”, de la “Confitería”, del “Chícharo”, de la gente con la que vivió siempre. Su cuerpo leve, cada vez más conmovedor su delgadez, era reflejo de un alma que siempre necesitó del cariño de los demás que, sin duda alguna, se ganó a pulso.

Murió hacia el 2001, en estos días de Navidad, que cada vez me parecen más hipócritas. Murió y, días después, como si lo hubiera sabido, como si hubiera sentido el latigazo frío de su muerte cercana, la vieja casa cayó con estrépito, sepultando la barbería, muriendo todos a un tiempo. Ahí se cerró para siempre en mi vida la calle La Vega, donde mis amigos Antonio Panes y Eloy le siguieron con insospechada celeridad. Procuro desde entonces pasar por allí de forma imprescindible, con dolor siempre.

Antonio fue para muchos un gran desconocido, en parte por su tremor timidez; otros que le conocieron con superficialidad, no fueron capaces de apercibirse de sus valores. Pero sus amigos nos enriquecimos con la extraordinaria dimensión espiritual de un hombre humilde, capaz sin embargo, acaso por ello, de hacerse insustituible en muchas vidas.
En mi corazón agradecido, ni un solo día ha dejado de estar revoloteando su amable y nutricio recuerdo. Por eso me permitirán que este modesto trabajo lo eleve hasta esa pradera celeste en que sin duda está, en ese cielo em el que no acababa de creer y que es irremediable destino de los buenos.

Va por usted, maestro.

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One response

25 07 2008
Koldo

Envio una poesia que tal vez no entendais, pero fue escrita por un maagnifico escritor:

BALADA DE FRA RUPERT
El Pare Rupert Maria de Manresa era el nom de religió que havia adoptat Ramon Badia i Mullet. Les seves prèdiques eren molt escoltades i comentades, fins a l’extrem d’assolir que el més granat de la burgesia anés a sentir-les. Malgrat ser bons coneguts, Sagarra no va poder-se’n estar de fer una curiosa explicació del seu èxit.
Fra Rupert, de les dames predilecte,
menoret d’aparell extraordinari,
puja a la trona amb el ninot erecte
i com aquell que va a passar el rosari,
sense gota ni mica de respecte
als vots del venerable escapulari,
mostrant impúdic el que té entre cames
excita la lascívia de les dames.
I amb veu entre baríton i tenor
canta Rupert, l’impúdic fra menor:

Gustós, senyores, m’avinc
a explicar-vos com els tinc.

Els tinc grossos i rodons
com els pares Felipons.

I els tinc nets i sense tites
com els Padres Jesuïtes.

Els tinc frescos i bonics
com els Pares Dominics.

Cadascun em pesa un quilo
com els del Pare Camilo.

Se’ls podria portar amb palmes
com aquells del Mestre Balmes.

No els tinc tous ni tampoc nanos,
com els tenen els hermanos.

Ni plens d’innoble mengia
com els del Cor de Maria.

Ni tenen les bosses tristes
com els dels Germans Maristes.

I no em ballen nit i dia
com els de l’Escola Pia.

No són els grans de rosaris
que pengen als Trinitaris.

Ni fan aquell tuf de be
dels frares de la Mercè.

Cap paparra se m’hi arrapa
com als monjos de la Trapa.

Ni massa tocatardans
com són els dels Salesians.

Ni peluts ni escadussers
com els d’altres missioners.

Ni amb el gàl·lic i els veneris
d’altres dignes presbiteris.

Ni ridículs ni pudents
com ho són en tants convents.

Ni aprimats per els mals vicis
com els tenen els novicis.

Ni tronats i plens de grans
com els pobres postulants.

Ni amb els senyals alarmistes
dels ous dels seminaristes.

Ni amb un tip i altre dejú
com els frares de Sant Bru.

Se’m poden contrapuntar
amb tots els sants de l’Altar.

No se’m poden tornar enrera
com li passava a Sant Pere.

I tenen un toc tan suau
com els collons de Sant Pau.

Son peces que fan lluir
com els de sant Agustí.

I poden omplir un cabàs
com els ous de Sant Tomàs.

I encara sobrar-ne un tros
com passava amb Sant Ambròs.

Tenen aquell tuf honrat
dels collons de Sant Bernat.

No m’arriben fins al cul
com a Vicenç de Paül.

No m’escalden la titola
com a Ignasi de Loyola.

No em freguen la pastanaga
com a Sant Lluís Gonçaga.

Hi ha més tall i més tiberi
que en els de Sant felip Neri.

No hi ha al món un tal encert
com els ous de Fra Rupert.

La que els toqui amb vehemència,
cinc-cents dies d’indulgència.
La que en copsi la grandària,
fins indulgència plenària.
I el cul que no els és rebel
anirà del llit al cel.

No té l’Església Romana
cosa més noble i més sana,
ni té l’ordre Caputxina
peça més pulcra i més fina,
disposada a tot servei
Ad Majorem Gloriam Dei.

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